Cuando inicia mi Duda.
Hoy son de esas noches en las que me siento un gran mafioso italiano de nombre Nino Salvatore camino por las calles con un traje Yves Saint Lauren perfectamente ajustado de color café, con unos zapatos ligeros de gamuza del mismo color, la camisa era estrictamente rosa, mi aroma de bosque mojado sopleteaba las miradas de ciertas victimas del aburrimiento marital, mi mano izquierda siempre iba dentro del pantaloncillo apretando la cacha de un pequeño revolver negro, al pendiente de mis enemigos siempre ocultaba mis ojos frustrados muy por debajo de unas gafas semioscuras, mi principal ventaja era que tenia mucha seguridad a pesar de cualquier circunstancia, analizaba y observaba detenidamente a cada persona, me programaba y disfrutaba del día.
Toda esta transformación la obtuve de mi padre, el viejo Nuno Salvatore quien a pesar de ser uno de los mejores médicos de la región solía tener debajo de aquel departamento una gran bodega de vinos importados, listos para su comercialización.
Recuerdo de niño cuando Betoni Marieta platicaba en el cuarto de reunión de los amigos de mi padre, el era de esas pocas personas que lograba hacer reír a mi viejo, de verdad que lo hacia reír y yo ahí mirando por la rejilla del cuarto de estudio me preguntaba ¿que era tan especial que lo podía hacer reír?, y yo era el único en la familia que sabia que mi padre sonreía de vez en cuando.
Todos los trucos y manías las aprendí de los viejos, desde frustrar a una mujer hasta vender ilusiones.
Por lo regular todas las tardes de mi adolescencia me la pasaba caminando por las calles de mi barrio, disfrutaba hacerlo en época de calor, el viejo barrio evocaba un verdadero horno pero también tenia ciertos escondites en donde un árbol refrescaba, solía sentarme frente de la casa de los Thompson una familia estadounidense que por alguna extraña razón vivía en el barrio mas italiano de toda la ciudad. En esa casa Sally, la niña más rubia que en mi vida había visto era objeto de mi enamoramiento juvenil, ella solía salir a caminar con un perro, comprendía que el uso de esos pequeños pantaloncillos iba en contra de la elegancia italiana de mi barrio.
Todo mundo conocía a mi padre, a excepción de yo, sabia que por algo muy extraño todos estaba a los pies de mi viejo, pero no precisamente por su amabilidad, en esa tarde el me subió a su automóvil un Lancia Appia Motor V4, culata de aluminio color blanco exquisito aperlado, ese automóvil convertible era maravilloso y únicamente lo sacaba los domingos y exclusivamente lo utilizaba conmigo, recuerdo ese día en el que fuimos al centro de la ciudad, recorriendo el camino mi cabeza no dejaba de pensar en tomar unos lentes semiscuros de mi padre, los veía una y otra vez de pronto su mano los arrebató y los acerco a mi, asentando que los usara, mi padre nunca fue muy conversador, mas bien era de esos que con una sola línea podía hacerte sentir el ser mas ignorante del universo.
- Recuerda estos lentes siempre protegerán la enorme cara de imbecil que tienes ahorita!
Tampoco era muy cariñoso.
Aun así esas gafas era sensacionales acompañadas en mi rostro en un coche convertible en el centro de Italia dalo por hecho que las bellezas mas significativas de la región voltearían a ver a un viejo y a su heredero.
La visita fue para presentarme al sastre Antonio Saint Cantoni Laurent Un hombre elegante de pies a cabeza, intacto, perfecto, justo, amable y con un gusto excelso, el tomo mis medidas y dijo:
Vaya mira aqui tenemos a un italiano con gustos exigentes.
El primer regalo que había recibido de mi padre fue un traje de Antonio, unas gafas, un perfume, algo de dinero y una nota que decía.
- “Anda es tiempo de que demuestres el honor del apellido”-
Esa noche sentía el poder en mí, lo vivía, lo explotaba, caminé y caminé, las miradas eran únicas y exactas, justo en la puerta de los Thompson toque el timbre, en ese momento salio el Sr. Thompson, me miró y solo dijo
-¿Si?
- helado, rígido sin saber que hacer solo se me ocurrió
- Vengo a ver a su hija. Sally.
El sólo cerró la puerta y yo me di la vuelta, de pronto, ella salió y gritó mi nombre, esa noche decidimos conocernos, demostrar mi elegancia, mi caballerosidad, las calles italianas parecían pequeños circuitos al lado de mi rubia, sus ojos derretían el sentido del amor, evocaba en cada minuto la idea de querer besarla sin haber besado, de tomar su rostros y llevarlo a mi, pero hasta ahora nadie me había enseñado a no ser cobarde.
Un automóvil, el elegante Lancia Flaminia de mi padre se orilló ante mí y Marco el chofer de mi papá bajó la ventanilla, con la mirada me controló para que subiera al coche, sin decir nada recorrí el camino en un largo silencio y a su vez coraje por dejar a la mujer mas bella de la perfecta Italia.
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